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En 1981 Antonio Bueno empieza a redactar una autobiografía que desgraciadamente quedó sin terminar en el momento de su muerte. Sus recuerdos comenzaron con el momento de la llegada a Italia, en 1940, junto con su madre Hannah y su hermano Xavier, y se prolongaron hasta los primeros años de la guerra. A continuación vienen unos pasajes sacados de este manuscrito que hasta ahora no se ha editado. FDel capítulo I. (La llegada a Italia. Más frío el clima que la acogida. Extrañas las primeras impresiones de Florencia).Cuando me despierto, el tren corre rápido a través de una interminable llanura llena de nieve. En el coche ahora hace mucho calor pero fuera la temperatura debe de ser siberiana. Al miedo se añade ahora también la desilusión: ¡si al menos hiciera sol! Me siento deprimido. “C'est donc ça, l'Italie?” no paro de repetirme. Del capítulo II.[…] Tras haber llegado a la cima de la cúpola (nota de la redacción: de Brunelleschi) […] De ahí se veía toda la soberbia ciudad y las colinas que le hacen corona, un espectáculo de tal belleza que todavía hoy, después de haberlo visto y revisto durante tantos años, me produce la misma admiración estupefacta de aquel día. Aquel impacto que Florencia me procuró, en total, me llevó a enamorarme a primera vista de la ciudad y el tiempo no conseguiría sosegar este sentimiento. […] Nunca nos cansábamos de callejear por la ciudad, de entrar en las iglesias en los palacios. (nota de la redacción: con el hermano Xavier). […] Habríamos hecho decenas de kilómetros sòlo recorriendo infinitas veces las salas de los Uffizi y el Palazzo Pitti. Baedeker en la mano, llegábamos hasta San Miniato o la Badia di Fiesole. […] En Suiza o en Francia decir "étranger" era como decir bribón y el que pronunciaba aquella palabra la acompañaba casi siempre con una más o menos marcada mueca de desprecio. En Florencia al contrario los términos como extranjero o forastero no tenían nada de deshonesto, es más, podían parecer hasta signos de distinción. Los forasteros eran "todos señores". Y no sólo señores en el sentido de gente rica, sino también en el sentido de personas bien educadas y cívicas. Nosotros no éramos ricos ni podíamos parecerlo, con nuestra ropa desgastada, nuestras boinas siempre caladas en la cabeza y nuestra barbas siempre largas. Y además éramos artistas, el oficio por excelencia de los muertos de hambre. Pero éramos "forasteros" y eso se pronunciaba por los florentinos del populacho un poco como si hubieran dicho que éramos barones o marqueses.[…] Del capítulo III.[…] Lo alquilamos (nota de la redacción: el estudio) y llevamos allí nuestros utensilios para pintar y adornamos una pared con mi colección de pipas de yeso. En medio del estudio había una enorme estufa de leña, pero el local era tan grande que en realidad no bastaba para calentarlo. […] Era una estufa idónea para calentar un poco, y a breve distancia, un modelo más bien para lucir, pero no ideado para calentar durante mucho tiempo un espacio así de vasto. Para solucionarlo, dibujábamos con un abrigo grueso encima y nos cubríamos las manos con unos guantes de lana que habíamos acortado con unas tijeras, para que la punta de los dedos quedara libre. Entre tantas cosas que habíamos traído con nosotros de París había dos pares de guantes de boxeo y de vez en cuando dejábamos los pinceles para calentarnos haciendo un poco de ejercicio. […] Lardera era amigo de otro artista antifascista, Pietro Annigoni, del que ya nos había hablado el pintor Togni, procediente del Cantón Ticino […]. Togni, que tenía muchos más años que nosotros, decía que era alumno de este Annigoni y nos llevó a su estudio. Sorprendidos constatamos que el maestro era más joven que el alumno. Annigoni que debía tener entonces no más de treinta años, era un joven grande y grueso, con dos patillas negras en sus mejillas llenas que le daban un aspecto más que de un pintor, de un barítono (del que tenía también la voz); o mejor dicho, tenía aspecto de un pintor, sí, pero de un pintor salido de una escena de la Bohème. Antifascista declarado y que no temía hacerlo saber, gran comedor, gran bebedor y gran trabajador, Annigoni era también gran conocedor de museos, y no sólo en Italia, sino en toda Europa, que había recorrido entera. Enseguida nos hicimos amigos. […] Era extraño, pero a pesar de la admiración que sentía por tantos autores italianos que ya conocía por el Louvre o el Prado, e incluso habiendo descubierto otros maestros italianos no menos importantes, fueron los cuadros de los flamencos y los alemanes, relativamente menos numerosos en Florencia, los que más influenciaron en mi trabajo. […] I worked a long time on each picture, with a view of going more deeply into the stylistic problems that inter[…] Trabajaba largo rato en cada cuadro, con el fin de examinar siempre con más detalle los problemas estilísticos que me interesaban. Pero a veces, cuando un cuadro podía finalmente considerarse acabado, dibujaba sobre él otro cuadro para economizar el lienzo. Era sobre todo Xavier, más veloz y prolífico que yo, que destruía de tal modo gran parte de sus propias obras. No trabajábamos ni para hacer exposiciones ni para la posteridad. Además trabajábamos a veces diez horas al día como si el tiempo que teníamos a nuestra disposición para aprender no fuera nunca suficiente.[…] Del capítulo VI.[…] la vida en aquella pensión miserable habría sido más bien lúgubre, si cuando se nos bajó la moral no hubiera pensado en nosotros un nuevo amigo, Alfredo Serri, pintor y alumno de Annigoni y también éste mayor que su maestro. Pobrísimo y delgadísimo con una corbata grande a la Lavallière que lo hacía parecer a un anarquista, era dotado de una recarga de buen humor inagotable. […] Del capítulo VII.[…] Nuestro nuevo oficio fue la restauración de cuadros antiguos. No fuimos nosotros quienes escogimos aquella ocupación, en la que además nunca habíamos pensado. Y sin embargo esta nuestra nueva actividad no sólo nos permitió durante más de un año de salir adelante, sino nos fue también utilísima por la infinidad de nuevos conocimientos que nos permitió adquirir. […] Aprendimos así también nosotros a preparar nuestros lienzos encolándolos como hacían los maestros del Trecento sobre una tabla de madera y cubriéndolos después con tantas capas de cola y de yeso que al final se hacían lisos como si fueran de marfil. […] Empezamos a comprar las tierras y polvos para las pinturas minerales en algunos viejos comercios, mitad tiendas para artesanos y mitad farmacias, que existían y siguen existiendo en Florencia. Aprendimos a hacer polvo los colores a mano sobre una placa grande de mármol y a conservarlos más tarde en tarros sellados con cera. […]De todo eso se entiende que tardábamos semanas,y a veces meses de trabajo en realizar un dibujo. Pero como no vendíamos nada, los cuadros que se iban acumulando poco a poco en el estudio empezaban a no ser pocos. Nuestros modelos más frecuentes éramos nosotros mismos, dada la dificultad de encontrar otros modelos así de dóciles y disponibles. Xavier hacía posar también a Julia, como ya había hecho en París. Yo también encontré inesperadamente una modelo: una chiquilla de catorce años con trenzas (nota de la redacción: su futura mujer Evelina) Conocimos […] a un comerciante napolitano que traficaba varias cosas y entre otras también cuadros antiguos. […] Lo que nuestro napolitano descubrió en nosotros y sobre todo en Xavier era una capacidad diseñativa y un virtuosismo pictórico, ya raro de por sí entre los artistas, y que a los verdaderos restauradores les faltaba totalmente. […] […] Al principio este nuestro nuevo oficio nos divertía muchísimo. Teníamos que hacer de nuevo las piezas que faltaban en el mismo modo en que estaba hecho lo que quedó intacto y por eso debíamos pintar un día al estilo veneciano y otro día al estilo flamenco o francés. […] Por fin teníamos la posibilidad de alojar decentemente a mi madre; también había una habitación para Julia, y pudimos de nuevo alquilar un piano […] y además teníamos la posibilidad de volver a nuestra vieja costumbre de tocar el piano todos juntos en trio que no les gustaba tal vez a los vecinos, pero que nos procuraba un placer que no se puede sentir cuando sólo se escucha la música. Del capítulo IX.[…] Xavier, pasada su chifladura juvenil por Delacroix, se entusiasmaba ahora con Courbet y con el período español de Manet. Yo, que quería aprender observando escrupulosamente lo verdadero, estaba loco por todos los flamencos, de Van Eick a Vermeer, además de los grandes realistas españoles. Todo eso podía ser un óptimo entrenamiento, pero ¿las obras que sacamos de esos cuadros eran precisamente las más idóneas para afrontar el juicio del público y de la crítica? […] Después de la exposición de Milán repetimos el experimento en Florencia.[…] Él recorrió toda la exposición (nota de la redacción: Giorgio De Chirico) sin una frase de comentario, pero parándose increíblemente largo rato ante cada cuadro. Esta fue la primera cosa extraordinaria que me sorprendió en él: él miraba verdaderamente la pintura. […] Yo había descubierto su pintura y su nombre cuando era todavía estudiante de l'Ècole des Beaux Arts de París. […] Era la primera vez que me encontraba frente a una dechiriquiana "Plaza de Italia" y me impresionó muchísimo […] Y lo que tenía ante mis ojos, en una tarjeta postal que de pronto parecía contener un espacio inmenso, era un cuadro espléndido y enigmático. Pero no extravagante, como los de los surrealistas que entonces estaban muy de moda, más bien casi clásico en la solemnidad de su misterio. […] Otro artista que Xavier y yo empezamos a frecuentar después del traslado a San Domenico fue Felice Carena, aunque no tuvimos con él las mismas relaciones de amistad y de estima que con De Chirico. …]Paseaba lentamente por la calle que costeaba el bonito valle de l'Africo, en compañía de un joven alto y enjuto que escuchaba con atención sus discursos. El joven enjuto era, como supe más tarde, el poeta Piero Bigongiari. […] Estábamos en una época en la que los bombardeos de los aliados empezaban a pesar gravemente sobre las ciudades del norte, y Milán era una de las más afectadas. Entre otras cosas fue destruida en la via Brera la famosa galería Il Milione, y Ghiringhelli tuvo que aplazar nuestra exposición a tiempos mejores. […] Algunos coleccionistas conocidos se habían refugiado en Brianza y nos invitaron a pasar ahí algunas semanas. Fue así como conocimos al coleccionista romano Toninelli, amigo de Cesati, nuestro anfitrión, y al pintor Sciltian que venía de vez en cuando de visita. […] Como persona Sciltian nos parecía muy simpático y nos divertía con pintorescas historias de su vida; además con él podíamos hablar en francés y recordar nuestra vida en Paris. |