Los primeros años (1918-1933)

Antonio Bueno nació el 21 de julio de 1918, en el Berlín imperial de los últimos meses de la guerra. La circunstancia de por sí no fue especialmente significativa o determinante, sino que se produjo por pura casualidad: su padre Javier, periodista, había sido enviado a la capital alemana como corresponsal de guerra del periódico madrileño "ABC", y estuvo allí desde 1915 hasta 1919, justo el tiempo que le exigía su cargo. Después volvió a España acompañado de su mujer y sus tres hijos (todos varones el último de los cuales era Antonio).

Para la familia Bueno la experiencia berlinense fue algo más que una paréntesis; pero hay que decir ante todo que semejantes paréntesis los Bueno conocieron más tarde, y también habían conocido otras anteriormente. Javier Bueno había llevado siempre una vida errante, empezando porque -huérfano de padre y poco mayor que un niño- había huido de su España natal (era oriundo de Granada, en Andalucía) y había llegado a París con medios de existencia. En los primeros años de libertad había entablado contactos con círculos anarquistas franceses y españoles, había editado revistas clandestinas y materiales de propaganda; finalmente, alrededor de 1910, había logrado obtener empleo como corresponsal en el extranjero del "ABC", un periódico de orientación monárquico-conservadora. En 1912, en París, conoció y se casó con Ana Rosianskaya, una joven secretaria, igual que él exiliada voluntaria: última de trece hijos, había dejado poco antes Polonia y había llegado a Francia buscando espacio e independencia. 

La profesión de periodista de Javier Bueno jamás permitió a su familia echar raíces en algún lugar; al contrario, lo forzó a cambiar continuamente de ambiente y costumbres. Esta circunstancia, junto con el complejo bagaje genético creado por matrimonios tan atípicos, contribuyó a perpetuar también en la descendencia una tradición doméstica multilingüe y cosmopolita, culturalmente heterogénea. Curiosamente, los tres hijos nacieron cada uno en un país diferente: Guy, el primogénito, en Francia, en 1913; Xavier, que heredó -aunque con grafía lígeramente alterada- el nombre paterno, en España, en 1915; y Antonio, como hemos visto, en Alemania.

Al volver a España después de la guerra, la familia Bueno vivió unos años en Madrid, en apartamentos alquilados, cambiando dos o tres veces de dirección. En 1923, sin embargo, tomó el poder el general Primo de Rivera que liquidó el parlamentarismo e inmediatamente introdujo medidas restrictivas a la libertad de la prensa; la llegada de su régimen hizo la vida de Javier Bueno (con su pasado de militante anarquista y con muchas ideas audaces que publicaba en sus artículos) prácticamente insoportable. Afortunadamente, gozaba de una considerable fama de periodista político; y fue esta fama la que le proporcionó la invitación de ir a Ginebra para dirigir la sección española del BIT (el Bureau International du Travail, una organización de coordinación sindical asociada a la Sociedad de las Naciones).

En 1925, Javier Bueno abandona definitivamente España trasladándose a Suiza para ocupar el cargo prestigioso de Funcionario internacional; para su familia empieza un período de relativa estabilidad, incluida también la económica. Estos años de Ginebra son decisivos para la formación de los tres hermanos Bueno, años durante los que su cosmopolitismo constitucional parece alcanzar su punto máximo ante el influjo preponderante de la cultura francesa o, al menos, francófona. El alejamiento y la ausencia contribuirán poco a poco a que se sequen y casi se corten las raíces hispánicas (que además no habían tenido mucho tiempo para aparecer); muy pronto el francés se impone como idioma oficial, de los estudios y cotidiano. En cuanto a las esperanzas de volver a España, desaparecerán irreversiblemente -tanto para los hijos como para el padre- a partir de 1936, desde el comienzo de la guerra civil.

En Ginebra Antonio Bueno empezó a formarse intelectual y culturalmente. Es difícil definir qué importancia real tuvieron los pocos años que pasó en España; lo cierto es que en Madrid apenas tuvo tiempo para terminar su primer año de escuela y que toda su vida habló un español híbrido y acerbo. Dentro de la familia, la personalidad dominante que -tanto para lo bueno como para lo malo- ejerció la mayor influencia sobre él, era sin duda la de su padre. Éste aunaba en una mezcla curiosa las "amplias ideas" de progresista con el orgullo desmesurado de self-made man, de hombre que debe su propia fortuna sólo a sí mismo y a su talento; en él coexistían los rasgos de rebelde anticonformista y de tirano. Figura seria y autoritaria, gobernaba la familia con la intransigencia de un monarca absoluto, que no tolera que se le contradiga; sin embargo, los más graves defectos de su carácter no bastaban para oscurecer la versatilidad de sus virtudes. Entre otras cosas, fue novelista y dramaturgo de gran éxito, escribió también textos sobre teoría política y hasta en cierto modo fue uno de los inspiradores de la nueva constitución después de la victoria de la República en 1931. Además, era un pintor aficionado bastante bueno, armado de paleta, vestido de blusón y boina de un indudable efecto teatral; tal vez, fueron sus complacientes pinceladas de los fines de semana que embriagaron a sus hijos Xavier y Antonio, sembrando en ellos el germen de la pasión artística.

El padre de Antonio era (por no decir nada peor) un excéntrico, un idealista a quien la fe en las doctrinas socialistas empujó a declarar guerra a todas las convenciones burguesas; y este ejemplo fue acogido en parte por sus hijos, que nunca desarrollaron -ni siendo mayores- la tendencia a uniformarse con los cánones dictados por las conveniencias y que en lo posible siempre siguieron el principio de "genio e irregularidad". Algunos de sus hallazgos discutibles produjeron un efecto de rechazo en ellos (como, por ejemplo, el llevarles a la escuela con peinados de mujer y trajes de corte ruso), y provocaron un constante sentimiento de rencor hacia él, un impulso de rebelión que jamás llegó a ser desahogado. Mucho más espontáneas y naturales fueron las relaciones con la madre, una mujer con personalidad algo inmadura que, en efecto, siempre fue la víctima principal del marido y de su desmesurado rigor ético. La unión entre los dos cónyuges ni duró mucho ni fue feliz y estaba destinada -como ya veremos- a tomar la forma de una desilusión amarga para la mujer.

En Ginebra la familia Bueno vivió primero en el Quai des Eaux Vives, a pocos metros del lago; después se trasladó a un apartamento de la Maison de verre de Le Corbusier, edificio del que Antonio quedó profundamente impresionado, cuya esencia futurista de líneas estaba destinada a reproducirse en muchos de sus cuadros. La vocación de pintor se manifestó primero en su hermano Xavier, dos años mayor que él, que muy pronto se reveló como un auténtico enfant prodige y terminó de manera fulminante los estudios en la Academia de las Bellas Artes de Ginebra. Al principio Antonio no tuvo las mismas facilidades: cuando (alrededor de los diecisiete años) manifestó la intención de frecuentar la Academia, el entusiasmo de sus padres no fue cálido ni mucho menos, ya que tenían otro hijo futuro pintor que recogía muchos laureles artísticos, pero cuyo porvenir económico parecía incierto, como para todos los pintores. Llegaron a un compromiso: Antonio también se inscribiría a l'École des Beaux Arts, pero para crear anuncios publicitarios y no artista "puro".

Además de las artes figurativas, estudió, por lo menos en este período juvenil, la música: por orden paterna había sido formado un trío (tal vez la única concesión a ciertas costumbres pedagógicas burguesas) en el que Guy tenía la parte del piano, Xavier la del violonchelo y Antonio la del violín. En realidad la elección, en el reparto de los instrumentos, no había sido bien pensada (al contrario, respondía a criterios de completa arbitrariedad); por eso el trío no tuvo jamás gran éxito. Antonio habría preferido tocar el piano, lo que hizo más tarde, de manera autodidacta, y aquellos nueve años de conservatorio que había pasado frotando sin piedad su pobre violín, los recordó siempre con una mezcla de horror y orgullo. El amor a la música de cámara se reveló mejor de otro modo, a través de los numerosos Concertitos que él pintó posteriormente; quizá el tema de los Marineros derive de una memoria infantil, de la moda que en los años veinte vestía a todos los niños a la marinera.