El primer período italiano (1940-1946)

A principios de 1940 Antonio Bueno, junto con la madre, el hermano Xavier y la mujer de éste, la escritora Julia Chamorel, se traslada a Italia, estableciéndose en Florencia. En los planes iniciales, el viaje emprendido por los dos jóvenes pintores no tendría que ser nada más que el clásico voyage en Italie que cada artista europeo que se respeta, debe, tarde o temprano, emprender; en realidad no lograron nunca más alejarse de Florencia, ciudad donde se quedaron para toda la vida de manera imprevista. La localidad toscana tenía que ser, en teoría, sólo la primera etapa de un viaje de estudio que los hubiera llevado a Siena, Roma y otras ciudades de arte del centrosur, hasta donde les llegara el dinero y hasta que la drôle de guerre que les impedía volver a París, no fuese resuelta de algún modo; pero cuando, unos meses más tarde, Italia también se incorporó al conflicto, todos sus proyectos fueron a pique. Y en 1945, restablecida la paz, demasiadas cosas habían cambiado para que los dos hermanos pudieran volver a la vida de antes, como si nada hubiera ocurrido.

Las primeras semanas florentinas las pasaron visitando los inmensos tesoros artísticos de la ciudad. La existencia de círculos de cultura activa, el trato con los artistas locales, interesaban poco a Xavier y Antonio, que al principio (pensando siempre en volver, tarde o temprano, a París) no hicieron ningún intento de integrarse en ellos; y además, como en familia hablaban exclusivamente francés, hacían escasos progresos en el idioma. Subvencionados por su padre, podían dedicarse bastante libremente al turismo y a la pintura; habían alquilado un estudio en el número 6 de la calle de los Artistas y un pequeno apartamento en la zona casi señorial, entre Fiesole y Florencia (en via de Camerata). La situación cambió drásticamente después de los primeros años de la guerra, cuando el dinero dejó de llegar de Suiza. Ahora, para mantenerse, necesitaban encontrar un trabajo, cualquiera ocupación provisional.

Al principio los dos artistas jóvenes no vieron la posibilidad de ganarse la vida con su pintura; además en aquel tiempo pintaban sólo para ejercerse, para integrar (con una práctica auténtica) una preparación que, en su opinión, tenía lagunas. Así prefirieron dedicarse a actividades "colaterales" así como dibujar viñetas para periódicos satíricos o restaurar obras antiguas. Esta última actividad particularmente, que ocupó más de un año, fue notablemente rentable para ellos. Ignorando la ética anticuaria, fueron más falsificadores que los auténticos restauradores y se divirtieron como locos falsificando viejas pinturas de todo tipo, revalorando los varios estilos del pasado; pero además de que les trajo satisfacciones económicas, esta práctica les fue útil desde el punto de vista didáctico. Sólo en 1942 los hermanos Bueno se decidieron finalmente a presentarse ante el público con una exposición personal que tuvo lugar en la galería milanesa "Ranzini", en via Brera; sin embargo, el paso decisivo fue debido a Pietro Annigoni (acaso el único amigo de esos primeros años florentinos) que se ocupó generosamente del catálogo y de la preparación de la exposición.

La indecisión de Antonio y Xavier podía ser justificada. En aquella época, como se ha dicho, ellos pintaban sólo para ejercitar y experimentar, sin pensar en la existencia de un público. El ejemplo de la pintura renacentista y flamenca los inducía a buscar la precisión analítica, en una búsqueda rigurosa e infinita: corregían, borraban, y para ahorrar en los materiales pintaban en los cuadros ya acabados por la parte de atrás. Además, Antonio no tenía ninguna experiencia real de exponer: contaba sólo con una participación en el Salon des Jeunes de 1938, en París, en el que había presentado ilustraciones inspiradas en Le voyage au bout de la nuit de Céline. Por eso el éxito con el que fue acogida su doble exposición personal en Milán fue una auténtica sorpresa; la satisfacción del público y el gran número de obras vendidas, les dio ánimo y los indujo a intentar exponer también en Florencia. El resultado fue más o menos el mismo que en Milán, en lo que se refiere al éxito y a las ventas. Durante un cierto período las exposiciones siguieron una tras otra en un ritmo siempre creciente, lo mismo que los encargos privados; para cumplirlos los dos hermanos pintaban día y noche, turnándose cuando trabajaban en los lienzos más grandes; muy pronto tuvieron que dejar las restauraciones. Una cierta crisis empezó en 1943, cuando se intensificaron los bombardeos de los aliados, pero de todas formas las ocasiones de exponer no desaparecieron nunca. Es una lástima que se hayan salvado tan pocas obras de su vulcánica producción de aquellos años; las piezas de ese período son hoy rarísimas, y sus precios a menudo son muy altos.

Más importante que los beneficios económicos fue que la prensa empezó a hablar de su obra, ellos conocieron a colegas y propietarios de galerías. Durante una exposición que hicieron en Florencia en 1942, conocieron a Giorgio de Chirico que también vivía en Florencia en esa época; el célebre maestro elogió sin reservas su obra hasta llegar incluso a citarlos, en sus Memorias (edición romana de 1946), entre los diez pintores de mayor talento que jamás había conocido. El ambiente coleccionista milanés también mostró su máxima aprobación, tomando a los dos bajo su protección: entablaron relaciones con los hermanos Rubboli que fueron sus mecenas durante unos años.